viernes, 29 de agosto de 2014

Ceda el paso… al señor oso

Las normas de tráfico en Canadá son un poco confusas. Por ejemplo, en un cruce de calles sin semáforos, es posible casi siempre  hacer cualquier giro, con lo que el lío de quién lo hace primero está garantizado.Yo, al menos, nunca sé muy bien cuál es mi turno. Gracias a la proverbial pachorra de los canadienses, que no se enfadan ni pitan, las cosas van saliendo.


En las carreteras hay avisos de que pueden aparecer en cualquier momento animales, y quizás eso explique que en una autopista fantástica de tres carriles en cada sentido sólo puedas ir a 80. Nos hemos cruzado con muflones y coyotes, amén de animalillos pequeños.


Otra cuestión es qué hacer cuando te internas por un bosque donde la wildlife campa por su respetos. Y cuando se dice wildlife, el referente mítico es, cómo no, el oso. 



En las tiendas venden spray para ahuyentar osos, y a la entrada de los caminos de bosques y parques hay indicaciones que pueden ir desde una suave recomendación de que hagas ruido hasta una prohibición de pasar si no se va en grupo de más de cuatro personas y llevas el susodicho spray o incluso el cierre total. Aunque los ataques no son frecuentes, se registran anualmente en Canadá unas 3 muertes por esa causa.


Lejos del popular humor negro, como el que refleja esta camiseta, el lenguaje de los avisos oficiales es tan ecologista y políticamente correcto, que en pocas ocasiones te hablan directamente de la posibilidad de que te ataque y te haga mucha pupa sino, al contrario, que eres tú quien no debes molestar al oso, ya que necesita mucho territorio y tranquilidad para su correcto desarrollo. ¡Nos ha jodío! 


Una de las normas a seguir en caso de encuentro es que dejes al oso una vía de salida. Supongo que en las escuelas canadienses se estudiará, en la asignatura de Conocimiento del Medio o similar, cuál es la ruta de salida apropiada para el oso, y toda la población lo tendrá muy asumido. Pero yo, en mi deambular por esos caminos, por ejemplo yendo cuesta arriba y al lado de un lago, me preguntaba qué preferiría hacer el oso en caso de aparición: echarse al agua, rodar hacia abajo, trepar a un árbol… Y por tanto, hacia dónde le debería yo ceder el paso. 

Otra vez el mismo problema que en los cruces de carreteras. Pero me temo que en este caso el oso canadiense y el canadiense humano no tienen la misma pachorra. 












viernes, 22 de agosto de 2014

Thank you, señor autobusero!

Aquí, cuando la gente se baja de un autobús, es frecuente decir -vocear más bien- ¡thank you! al conductor. Y es verdad que los conductores suelen ser muy amables: dan todo tipo de explicaciones a los viajeros despistados, esperan pacientemente a quienes colocan sus bicis en la plataforma que llevan los buses en el morro o demoran la salida si ven a alguien que se acerca corriendo.

En el autobús se refleja también el carácter pausado y amable de los canadienses. Nadie se levanta hasta que el bus está totalmente parado, y sólo entonces se dirigen tranquilamente hacia las puertas. Ceden el asiento no sólo a las personas mayores o con dificultades, sino que es frecuente que lo hagan a cualquier mujer. Bueno, eso quiero pensar, porque yo no me veo aún tan mayor…

Pese a esta pachorra colectiva, los buses cumplen rigurosamente con su horario que, al menos aquí en Vancouver, es de una frecuencia envidiable.

No sé de dónde procede lo de dar las gracias al conductor del autobús. Pero no acabo de entender las normas de cortesía de este país. Pueden ser superamables -si te ven mirando un mapa te ofrecen ayuda, si paseas por una zona residencial te saludan, muchas mujeres te sonríen sin más, lo que he contado antes de los autobuses...- y sin embargo es frecuente que en los ascensores la gente no se salude ni tan siquiera con el gruñido típico de reconocimiento entre humanos.

Pero sí da la impresión de que, más allá de la cortesía, hay mucho respeto entre las personas, y una cultura de molestarse lo menos posible. El otro día oí ladrar a un perro, por primera vez desde que llegamos. Me dí cuenta de que aquí los niños lloran poco pero, no sé cómo lo consiguen, los perros no ladran nada.








jueves, 21 de agosto de 2014

Desayuno pipas de calabaza y cosas así

Sin duda mi mejor momento del día es el inicio de la mañana.  No me importa levantarme pronto -bueno, llamemos así a las imposiciones de mi natural insomnio- para dedicar mucho tiempo a desayunar y a leer la edición digital de EL País. A pesar del fresquito abro el balcón. Cada día el paisaje es diferente:  la luz, las nubes que tapan o dejan tan sólo adivinar el contorno de las montañas, el verde de los árboles.

Empiezan a circular los autobuses a partir de las seis. Me pregunto quien vendrá a trabajar tan temprano ahora que aún no han comenzado las clases regulares. Despegan los hidroaviones que van de VCV a Victoria o a una de las muchas islas que hay en la bahía. Les veo despegar sobre los árboles.

Ritualmente preparo el desayuno: zumo de naranja -una odisea costó encontrar un exprimidor eléctrico razonable- muesli y café, mucho café. Este país es el reino del muesli. Puedes comprar infinitos ingredientes por separado, que te presentan en grandes tarros de
cristal. Me encanta mezclar los cereales con pipas de girasol o calabaza, semillitas de amapola, sésamo como en el cuento, fruta seca… Y ponerle después leche de coco, o de almendra... El cruce cultural de VCV se nota sobre todo en la cocina, y esos ingredientes que a mi me parecían exóticos están en cualquier tiendecita de barrio como la nuestra.


Me permito que pasen despacio esas primeras horas del día, y ya no siento la angustia que tenía en Madrid cuando cada mañana me enfrentaba a la agenda, bien por vacía, bien por demasiado repleta de cosas que en general me parecían prescindibles. Ahora, si hay algo que hacer -clases, compromisos sociales, compras...-, estupendo. Si no hay nada previsto salgo a deambular por el campus y alrededores.  Pero eso es otra historia. 




jueves, 14 de agosto de 2014

Música en el campus (4)


Me siento feliz en las bibliotecas y, en general, en cualquier lugar tranquilo y lleno de papelotes que despierten mi curiosidad. En eso no he cambiado desde niña aunque ahora, casualmente, hace meses que he dejado de leer.

Enseguida me atrajeron las maravillosas bibliotecas de la UBC. Maravillosas no es una exageración. Además de su contenido y de su arquitectura, son lugares accesibles donde nadie te pide nada para entrar, donde (casi) todos los fondos están al alcance de la mano sin tener que rellenar horribles fichas de préstamo… Con amables empleadas que te ayudan si se lo pides. Con infinitos rincones y salas para leer, estudiar, comer, no hacer nada y hasta dormir. 

¿Necesitaba yo un pretexto para husmear en ellas? Pues lo encontré. He ido varias veces a la I.K. Barber Library, donde están los fondos de música de la UBC, y me estoy dedicando a ver partituras corales para voces femeninas. Poco a poco, y a base de ensayo y error,  me voy haciendo con el espacio virtual -la base de datos- y con el físico -los casi dos kilómetros de estanterías que ocuparían, puestas en fila, las partituras-. Será casualidad, pero el registro M1600, asignado a obras singulares para coro de mujeres, ocupa estantes a ras del suelo, lo que no hace especialmente cómoda su consulta.


Vamos, que se me van las horas mirando músicas, algunas tan modernas que ni me imagino cómo pueden sonar. Feliz. 


 














domingo, 10 de agosto de 2014

Música en el campus (3)

Durante estas cuatro semanas que llevamos por aquí hemos ido a otros tantos conciertos del Vancouver Early Music Festival. Todos aquí en el campus.


Tres de ellos en el auditorio Roy Barnett de la Escuela de Música. Con más de 250 butacas, se llena todos los días. Entre el público han desaparecido los asiáticos, aunque son casi-mayoría en Vancouver. En el concierto de música antigua-antigua, del impresionante grupo Sequentia, se ve bastante gente joven.


El ambiente es informal, familiar y algo provinciano. Cada cuál viste como le parece y da la impresión de que se conocen entre ellos. Hay voluntarios que colaboran en repartir programas, vender discos o refrescos y bollos home made en el descanso. Se rifan una consumición de 50$ en Mahoney&Sons y dos entradas para el próximo concierto. Nos tocaron una vez, pero avisaron cuando estábamos en Seattle y no llegamos a tiempo.



Me recuerda un poco, por lo provinciano y familiar, al Recreo Industrial. Las de León sabéis a qué me refiero ¿no?

Otro de los conciertos, Il trionfo del Tempo de Haendel, fue en el despampanante auditorio del Chan Centre. 

Había una mayor proporción de gente guapa, aunque sigue la carencia de normas para la vestimenta. Eso sí: unos carteles te recuerdan que no te eches colonias ni perfumes porque ¡puede molestar a tu vecino! 


La Bellezza estaba interpretada por Amanda Forsythe. ¡Qué maravilla! Durante una de sus arias una de las violinista, muchacha muy joven, no pudo contener las lágrimas. No me extrañó.

Ha sido un lujo poder ir a estos conciertos, todos ellos de una calidad más que buena, dando un paseo y volviendo a casa con el fresquito, cuando el campus ya está preparándose para dormir.

El próximo en el Chan Centre ¡Diego El Cigala! No me lo pienso perder


























viernes, 8 de agosto de 2014

Humanos en Seattle (en homenaje a Elena)

Están sentados en una de las plazas más populares de Seattle. Domingo por la tarde, sol, calor. Mucha gente jugando al ajedrez o al ping-pong o, simplemente, pasando el tiempo.

El hombre es grande, rondando los 50. Viste descuidadamente, pero hay nobleza y compasión en su cara triste y en el pelo rubio que aún conserva abundante. 

La mujer es muy menudita, y parece mucho mayor. También viste con desaliño, pantalones y un suéter. Está abrazada, casi escondida, en la cintura del hombre. Él acaricia despacio su pelo ralo, con mucho cuidado, como si fuera una niña. La cara de la mujer refleja un desamparo infinito. No hablan, tan sólo las caricias.

Parecen madre e hijo por la diferencia de edad. Se levantan del banco y siguen un rato abrazados. La mujer apenas llega a rodear la cintura de su compañero. Se dan un beso en la boca, largo y sin aspavientos. Luego cada uno sale por su lado. La mujer renquea. Fuera del abrazo protector se la ve aún más diminuta.

La tarde sigue herida de luz. Me pregunto a dónde irá cada uno.