jueves, 21 de agosto de 2014

Desayuno pipas de calabaza y cosas así

Sin duda mi mejor momento del día es el inicio de la mañana.  No me importa levantarme pronto -bueno, llamemos así a las imposiciones de mi natural insomnio- para dedicar mucho tiempo a desayunar y a leer la edición digital de EL País. A pesar del fresquito abro el balcón. Cada día el paisaje es diferente:  la luz, las nubes que tapan o dejan tan sólo adivinar el contorno de las montañas, el verde de los árboles.

Empiezan a circular los autobuses a partir de las seis. Me pregunto quien vendrá a trabajar tan temprano ahora que aún no han comenzado las clases regulares. Despegan los hidroaviones que van de VCV a Victoria o a una de las muchas islas que hay en la bahía. Les veo despegar sobre los árboles.

Ritualmente preparo el desayuno: zumo de naranja -una odisea costó encontrar un exprimidor eléctrico razonable- muesli y café, mucho café. Este país es el reino del muesli. Puedes comprar infinitos ingredientes por separado, que te presentan en grandes tarros de
cristal. Me encanta mezclar los cereales con pipas de girasol o calabaza, semillitas de amapola, sésamo como en el cuento, fruta seca… Y ponerle después leche de coco, o de almendra... El cruce cultural de VCV se nota sobre todo en la cocina, y esos ingredientes que a mi me parecían exóticos están en cualquier tiendecita de barrio como la nuestra.


Me permito que pasen despacio esas primeras horas del día, y ya no siento la angustia que tenía en Madrid cuando cada mañana me enfrentaba a la agenda, bien por vacía, bien por demasiado repleta de cosas que en general me parecían prescindibles. Ahora, si hay algo que hacer -clases, compromisos sociales, compras...-, estupendo. Si no hay nada previsto salgo a deambular por el campus y alrededores.  Pero eso es otra historia. 




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