viernes, 8 de agosto de 2014

Humanos en Seattle (en homenaje a Elena)

Están sentados en una de las plazas más populares de Seattle. Domingo por la tarde, sol, calor. Mucha gente jugando al ajedrez o al ping-pong o, simplemente, pasando el tiempo.

El hombre es grande, rondando los 50. Viste descuidadamente, pero hay nobleza y compasión en su cara triste y en el pelo rubio que aún conserva abundante. 

La mujer es muy menudita, y parece mucho mayor. También viste con desaliño, pantalones y un suéter. Está abrazada, casi escondida, en la cintura del hombre. Él acaricia despacio su pelo ralo, con mucho cuidado, como si fuera una niña. La cara de la mujer refleja un desamparo infinito. No hablan, tan sólo las caricias.

Parecen madre e hijo por la diferencia de edad. Se levantan del banco y siguen un rato abrazados. La mujer apenas llega a rodear la cintura de su compañero. Se dan un beso en la boca, largo y sin aspavientos. Luego cada uno sale por su lado. La mujer renquea. Fuera del abrazo protector se la ve aún más diminuta.

La tarde sigue herida de luz. Me pregunto a dónde irá cada uno.





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