Aquí, cuando la gente se baja de un autobús, es frecuente decir -vocear más bien- ¡thank you! al conductor. Y es verdad que los conductores suelen ser muy amables: dan todo tipo de explicaciones a los viajeros despistados, esperan pacientemente a quienes colocan sus bicis en la plataforma que llevan los buses en el morro o demoran la salida si ven a alguien que se acerca corriendo.
En el autobús se refleja también el carácter pausado y amable de los canadienses. Nadie se levanta hasta que el bus está totalmente parado, y sólo entonces se dirigen tranquilamente hacia las puertas. Ceden el asiento no sólo a las personas mayores o con dificultades, sino que es frecuente que lo hagan a cualquier mujer. Bueno, eso quiero pensar, porque yo no me veo aún tan mayor…
Pese a esta pachorra colectiva, los buses cumplen rigurosamente con su horario que, al menos aquí en Vancouver, es de una frecuencia envidiable.
No sé de dónde procede lo de dar las gracias al conductor del autobús. Pero no acabo de entender las normas de cortesía de este país. Pueden ser superamables -si te ven mirando un mapa te ofrecen ayuda, si paseas por una zona residencial te saludan, muchas mujeres te sonríen sin más, lo que he contado antes de los autobuses...- y sin embargo es frecuente que en los ascensores la gente no se salude ni tan siquiera con el gruñido típico de reconocimiento entre humanos.
Pero sí da la impresión de que, más allá de la cortesía, hay mucho respeto entre las personas, y una cultura de molestarse lo menos posible. El otro día oí ladrar a un perro, por primera vez desde que llegamos. Me dí cuenta de que aquí los niños lloran poco pero, no sé cómo lo consiguen, los perros no ladran nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario