martes, 29 de julio de 2014

Lo que nunca alcanzo a ver

Hay tapias, o verjas cubiertas de vegetación, por las que he pasado mil veces sin poder atisbar lo que se esconde tras de ellas. Tiendas o bares de mi  barrio en los que nunca he entrado y en los que, probablemente, no entraré jamás.

Desde el apartamento de la UBC veo el otro lado de la Bahía de los Ingleses, en el West Vancouver. Pero la distancia, los árboles y los acantilados me ocultan lo que realmente hay allí, y lo que pasa hasta llegar allí. 


Necesito apropiarme del territorio, quizás porque estoy en un sitio donde nada es mío. El otro día crucé al otro lado y pude ver lo que desde aquí no veo. Y verme desde allí. 


Cargueros saliendo por la English Bay


El campus visto desde el faro de Atkinson






El apacible y lujoso barrio de Dundarave, al otro lado de la bahía



Ahora, cada noche, busco en la lejanía la lucecita del faro de Atkinson y me siento mejor.

Tor-ti-lla-de-pa-ta-ta


No me lo puedo creer ni yo misma, pero ayer dediqué -casi- toda la tarde a hacer una tortilla de patata y gazpacho para el lunch intercultural que había acordado compartir con algunas de mis compañeras. 

Ellas hicieron un arroz con algas y demás vegetales muy rico,  rollitos tipo sushi y otro arroz con trocitos de pollo. Dee, thailandesa, compró pizza.






Comimos sentadas en unas escaleras de Main Mall, con todo el solazo, y no dejamos ni una miga. Repetían con entusiasmo, y buen acento, tor-ti-lla-de-pa-ta-ta. Les hacía gracia la frase.

Pasaron delante de nosotras otras dos chicas coreanas y Yumi las saludó inclinando la cabeza. Lo hacía así porque eran mayores que ella, me explicó, Hablamos de las formas de saludo en nuestros países: en Corea no se besan ni abrazan entre amigos, ni tan siquiera con los padres. 

Por cierto, la tortilla me quedó rica, pero algo baja de sal.

viernes, 25 de julio de 2014

Música en el campus (2)


Paseando por el campus puedes encontrarte pianos -algo destartalados, eso sí- a disposición de quien quiera tocarlos.  Éste estaba frente al USB (Union Student Building)

Este otro, en el cruce de East Mall con University Boulevard, lo vi instalar  cuando iba a clase. A la vuelta ya había un chaval tocando.





A la mañana siguiente llovía, y el piano estaba tapado con un plástico. Me pregunto, ¿habrá un servicio ex profeso para estas situaciones?


Aquí los pobres son WASP



Esta imagen aquí es una excepción. Una persona de procedencia hindú limpiando la calle.


En España y en la mayor parte de los países europeos, sería habitual. Estamos acostumbrados a que los trabajos de baja cuantificación y peor remunerados los hagan inmigrantes sudamericanos, marroquíes, hindúes o paquis en el caso de Inglaterra…
Aquí no. Los obreros que cargan y descargan tablones para arreglar no sé qué demonios en nuestro edificio son canadienses WASP: white, anglosaxons y -quizás- protestantes. Lo mismo el pobre hombre que recoge los platos sucios en el comedor cutre de nuestro barrio, y los clochards que deambulan por él aprovechando que hay sitios abiertos toda la noche.

Esta mujer que busca envases vacíos en los cubos de basura para devolverlos al supermercado, donde le dan cuatro perras por ellos, también en WASP. Y la mayor parte de los deambulantes por el Downtown Eastside, quizás el barrio más pobre de Canadá donde se reúnen miles de personas sin techo, locas o fuera del sistema. Vienen de todas partes del país, atraídas por el -relativo- buen clima de VCV y la -relativa- tolerancia y generosidad de la ciudad.

Es más, los habitantes primigenios de estas tierras antes de que llegaran los conquistadores europeos, las First Nations, viven en buena parte en reservas, automarginados, pobres y con altas tasas de alcoholismo.

Me entero de que el salario medio de la población inmigrante es más alto que el de los autóctonos, y que el porcentaje de universitarios entre los inmigrantes es superior al de los canadienses. 

Les siguen recibiendo con los brazos abiertos. Les necesitan por razones demográficas y económicas. La mayoría de los actuales ciudadanos canadienses provienen de familias que llegaron aquí desde otras partes del mundo hace unas pocas décadas.

Todos son inmigrantes.






jueves, 24 de julio de 2014

Beber en el campus

Mahoney and sons, uno de los pocos sitios del campus donde te puedes tomar algo más que una cerveza.  En la mayoría, ni eso. Con la corrección política que caracteriza a los canadienses, no demonizan a quienes bebemos alcohol, pero apoyan fuertemente a quienes no lo hacen. 


Paradójicamente, en el Thunderbyrd Stadium -el emblemático campo de la UBC- se puede beber en los acontecimientos deportivos ¡pero no en los conciertos! 





En febrero de este año, la UBC comenzó los trámites para cambiar esta situación. Está siendo una larga negociación en que han intervenido las autoridades universitarias y locales, los estudiantes, las comunidades de vecinos cercanas al campus y, ¡sí, también!, ¡hasta la Policía Montada de Canadá!

Aunque va por buen camino, todavía no está concluido el tema, quizás después del verano… 
  

miércoles, 23 de julio de 2014

Mis chinas dan miedo!

Hoy hemos estado en el MOA (Museum of Antropology) de la UBC con mi mis classmates. 


La profe nos organizó previamente en equipos, y nuestro objetivo principal era recoger información y analizar un determinado tótem que ella nos había asignado. Estas son mis compañeras, de izquierda a derecha: Yanni, myself, Yichun y Eunyoing. Todas chinas menos, en algunos aspectos, myself. Nuestro tótem, Skim-Sim, detrás de nosotras. 


Super discretas pero muy eficaces, manejaban con rapidez sus smarphones para buscar información, y eran muy receptivas a las aportaciones de las demás. Mientras el resto de los grupos finiquitaron su tarea en 15 minutos, nosotras le sacamos punta a todo lo que veíamos o leíamos. Dan miedo de listísimas!

Lo mejor vino al final. Habíamos quedado con el resto del grupo a la salida del Museo a las 12:00. Yo tenía que irme puntual porque a mediodía comenzaba la excursión que iba a hacer con el Congreso que estos días hay en el Laboratorio de Alfredo. Como nuestra profe se retrasaba, decidí irme. 

-Bye! les dije a mis compañeros. 

Yichun, la pequeñita con el pelo moreno, que ya me había reñido cortesmente en otra ocasión por interrumpirla mientras estaba tomando notas, me increpó muy seria: 

- ¿Cómo que te vas? ¿Se lo has dicho a la profesora?

  

domingo, 20 de julio de 2014

No pero sí

El otro día, deambulando por el campus, descubrí que se estaba celebrando un congreso de la PME (Psychology and Mathematics Education). Nunca he asistido a ninguna de sus reuniones, son muy masivas,  tienen un enfoque excesivamente sicológico y poco práctico para una profesora. Vamos, que tienen fama de ser un rollazo. Cero nostalgia. No sentí ninguna añoranza de situaciones similares.

Pero suponía que quizás estuvieran allí algunas personas conocidas. Me lancé a la web y descubrí varios nombres, aunque ninguno tan cercano que me movilizara.

Esta noche, paseando por el campus, vi de repente la cara luminosa de mi amiga Leonor Santos, portuguesa, un amor de mujer, inteligentísima, trabajadora, guapa, discreta pero incisiva. Nos hemos mirado con incredulidad y hemos acabado fundidas en un largo abrazo. 

Leonor es profesora de didáctica e la Universidad de Lisboa. Hemos compartido proyectos en la CIEAEM (Comission International pour l´Aprentissage et l´Enseignement des Mathématiques) con nuestro llorado amigo Paulo Abrantes y nos hemos visitado en muchas ocasiones. Me dijo que se inscribió en el PME a última hora y por eso su nombre no estaba en la lista de participantes.

Nos conocimos en un congreso en Szczyrk, un pueblo perdido por las montañas polacas, en 1990. Estábamos todos en el mismo hotel, y por la noche nos montábamos juergas para suplir la falta de incentivos del pueblo. Eran cosas muy ingenuas, como que las personas de una misma nación salían a cantar o a representar algo. Salieron los portus -Paulo, Leonor, Joana…- y cantaron Grandola vila morena. Yo, desde el público, les acompañé. Y así se selló una fuerte relación de amistad, a mayores de la profesional.

Hoy Leonor y yo nos hemos emocionado al vernos ¿desde hace 9 años en que estuve en Lisboa en un homenaje que se le hizo a Paulo Abrantes a los dos años de su muerte?  
http://revistasuma.es/IMG/pdf/50/069-070.pdf

Me han venido a la cabeza las muchas horas de trabajo compartidas con el equipo de los portus, serios, rigurosos, muy creativos y tremendamente humanos. Y, ahora sí, he sentido nostalgia de mi profesión y de lo que he aprendido y disfrutado con ella.

Nota: ¡Elena, lo siento! La vida es un pañuelo, al menos para mí












sábado, 19 de julio de 2014

Lo mejor es que adopten a Dorcas

Este primer mes de mi inmersión lingüística consiste en un curso de cuatro semanas, "English for a global citizen". Y la semana anterior estuvo centrada en los Derecho Humanos. 

Una de las actividades consistió en salir por el campus a hacer una pequeña entrevista sobre el tema a tres personas. Nos juntaron con otra clase, y aquí me veis con mi compañero chino Moses (english name) que, por cierto, está muy interesado en que mejoremos nuestro inglés viéndonos fuera del ELI.

Tengo mis dudas sobre qué entienden mis classmates sobre Derechos Humanos. Debieron alucinar con los resultados de las encuestas, en las que casi todas las personas entrevistadas se declaraban partidarias del aborto y de la equiparación de derechos entre parejas heterosexuales y homosexuales. Mi encantadora compañera Gion, coreana, graduada en ciencias audiovisuales y aparentemente supermoderna, me comentó que nunca había pensado en estos temas (en su país están prohibidos).

Sí son sensibles a los derechos de la infancia. El otro día leíamos un informe de la Unicef  acerca de una niña sudafricana -Dorcas, de 6 años- que trabajaba junto a su madre y hermanos en una mina de materiales radioactivos. Debíamos debatir cuál podría ser una salida aceptable para Dorcas. Yo argumenté que lo mejor sería que la madre recibiera un microcrédito -de los que ofrecen muchas instituciones- que le permitiese montar un pequeño negocio y sacar adelante a toda la familia.

Chang Yang -un chino listo como él solo y muy pragmático- me rebatió: lo mejor para Dorcas es que la adopte una familia rica que le pueda dar buena comida y una buena educación.

Voy a intentar seguir hablando con él de este tema. Me da la impresión de que en su entorno ha visto más de un caso de niños adoptados. 









Ya no todos los chinos me parecen iguales

El segundo día de nuestro curso en el ELI (English Language Institute) nos ubicaron en las clases definitivas. Estos son mis nuevos classmates. Jóvenes, entre 19 y 25. Encantadores y cariñosos. En este caso, las únicas dos "occidentales" somos la profe y yo. El resto, de China y Corea. Curiosamente, varios tocan el piano e incluso algún instrumento tradicional.

El primer día percibí los esfuerzos de la profe -Patricia- por memorizar nuestros nombres, como yo he hecho tantas veces. Me alegré de no estar en su pellejo, porque me sonaban -disculpad el chiste malo- a chino. Sin embargo me propuse hacerlo poco a poco, y hoy creo que puedo nombrar, aunque malamente, a todos: Yumi, Chang Yang, Jicen, Ce, Tong Ying, Yanni, Jishu, Eunyong… Yo, obviamente, me simplifiqué a María (los chinos no pronuncian la j).
Los de Taiwan y Macao -provincias chinas con un régimen especial- prefieren que se les llame por su nombre "inglés", como Tony o Mandy.
Procuro sentarme cada día en un grupo distinto para irles conociendo. Creo que va a ser una experiencia estupenda y me va a romper muchos tópicos

Música en el campus (1)



El otro día me acerqué hasta la Escuela de Música de la UBC.  Al mediodía.  Como pasa siempre aquí, todo parece tranquilo, sin ruido ni aglomeraciones. Pero si fisgas un poquito, encuentras vida por todas partes.

En el nuevo auditorio de la escuela ensayaba una banda de metales. Y en el viejo -encantador- masterclasses de ópera. Cuatro estudiantes, chicas, dos de ellas más la pianista de rasgos (porras, ya no sé cómo decirlo después de la profunda reflexión del otro día!): ¿asiáticos?




Me asomé con mucho cuidado de no molestar. El profesor, de una cierta edad y vestido deportivamente, me recibió a grandes voces de bienvenida invitándome a entrar. Me quedé un buen rato sentada en la penumbra oyendo cantar a dos de las muchachas. Me gustó el modo en que el profesor les hacía indicaciones, siempre en tono animoso y positivo.






Mañana es el concierto final de esta Escuela de  Música de Verano. Intentaré acercarme.






Hoy he comido en Mongolia, ayer en Cantón

Vivimos al lado de una de las zonas más vivas del campus: la University Market Place. Tiendecitas y cafés donde se puede encontrar casi de todo y casi a cualquier hora.

En el sótano de uno de los edificios hay una serie de puestos de comida barata,  rodeando a un espacio con mesas comunes. Se compra lo que a cada cuál le apetece y lo comes allí mismo o te lo llevas a casa. Es un pelín cutre pero muy simpático





Hoy me atreví con la cocina mogola y aunque advertí que fuera poco specy -y así me lo juró el camarero- me la he comido entre lágrimas y moqueos de picante que estaba. Rica, eso sí.

Me faltan por probar la viet, la japo, la griega, la turca…

Números al buen tun tun

Me gusta mucho averiguar, cuando voy a un nuevo país, cómo demonios se numeran las casas de una calle. Hay reglas de lo más curioso. Por ejemplo, recuerdo que en algunas zonas de Portugal la cosa va por las ventanas que hay a lo ancho de la fachada. Así si una casa es el nº 24 y tiene 6 ventanas a lo ancho, la siguiente es el 30.

Aquí todos los edificios tienen una numeración muy alta. Y no sólo no suelen ser correlativas, sino que de una casa a la contigua puede haber treinta o cuarenta números de diferencia.

La cosa es así. Cuentan por blocks o manzanas. A cada lado de la manzana, tenga la longitud y el número de casas que tenga, se le asignan 100 números. Por ejemplo, a la tercera  manzana de la derecha (lo de los pares e impares va igual)  le tocan el 200 al 298. Si hay sólo tres casas,  la primera puede ser, por ejemplo, 234, la segunda 276  y la tercera y última 282.


Cómo se eligen esos tres números -eso sí, siempre en orden- es para mí un misterio. Le preguntaré a Google.

Oriente y Occidente

Hablando con mis classmates cometí la ligereza de hablar de "orientales" y "occidentales", refiriéndome  no me acuerdo a qué.

Enseguida me di cuenta que para ellos esas palabras carecían de sentido. No sé si es por su extremada juventud -aunque casi todos han acabado sus estudios universitarios- o porque es otro de los eurocentrismos que a nosotros nos parecen verdades absolutas.

Además caí en la cuenta de que, vistos de desde Canadá, nuestros llamados "orientales" están hacia el occidente.
 

La piscina

Esta tarde he ido por primera vez a una de las piscinas del campus.

¡Piscinaca! Inmensa, con zonas para todos los gustos: papás/mamás con niños, chavales haciendo el gamberro, gente que nada tranquilamente…

Como siempre, las inquietantes asiáticas. No sé si está de moda, pero muchas llevan bañador de faldita. Incluso una va con un casi-vestido que resulta más morboso porque se le pega totalmente al cuerpo. Muy pudibundas. Duchándose con el bañador. Tanto que he dudado en que las normas permitiesen desnudarse completamente en los vestuarios a la vista de las demás. Le he preguntado a una monitora, me dice no hay problema en quedarse desnuda.

Parece que hay horas reservadas sólo a mujeres en las que incluso se echan las cortinas en todas las ventanas para impedir cualquier mirada curiosa. Es por el respeto a las culturas que segregan por sexo… No sé, tendré que enterarme cómo va eso, pero manda narices…

Luego nos hemos ido a cenar celebrando que A. ha sido elegido miembro de la Academia Europeae /Academy of Europe!

Guiri total

Creí que nunca me iba a pasar. Pero sí, hoy he bajado a la lavandería de nuestro bloque, pues no hay lavadoras individuales en los pisos. Igual que en Big-Bang Theory, en donde las confidencias más íntimas entre Sheldon Cooper y Penny tienen lugar allí, mientras Sheldon dobla meticulosamente sus camisas con un artefacto ad-hoc.

A mí me ha supuesto entablar conversación en el ascensor con una pareja de rasgos orientales -aunque quizás canadiense de pura cepa- que me han indicado amablemente donde estaba la lavandería ante mi cara de absoluto despiste. Realmente esta gente es amable y busca activamente la ocasión de ayudar.

Cada día hago más cosas de guiri: además de lavar en el sótano -en el refugio antinuclear en el caso de Ginebra- le echo todo tipo de pipas y semillas a las ensaladas, hago una vida saludable, ceno a las 8 como las gallinas y me importa un pito cómo voy vestida (¡gracias a los consejos de tu amiga, Elenita!)-

Yo soy la china

Hoy he comenzado las clases en el ELI (English Language Institute) de la UBC. Ninguna sorpresa: mis 25 classmates -provisionales hasta que nos distribuyan por niveles- son de nacionalidad china, taiwanesa o coreana. Tan sólo otro español y una checa. Todos muy jóvenes, entre 18 y 25 años, estudiantes universitarios o de máster

Ha sido el típico día de charloteo y conocerse. Curiosamente, he notado que l@s asiátic@s buscaban mi compañía con mucho respeto. No sé si por la figura materna o porque, en un programa que centra su discurso en la relación con otras culturas, me veían como una de las pocas exóticas del grupo. Se interesaban en por qué quería yo -alejada ya de la competición profesional- aprender inglés. Incluso uno, muy educadamente, me preguntó por mi edad. Su referencia básica sobre España es, por supuesto,  el fútbol.


Aparte de esto, me ha gustado su discurso. Mucho más reflexivo y personal de lo que los prejuicios me  habían hecho esperar. Un chica -hija única como impone la ley- añoraba no estar en China por no poder cocinar para su padres, que trabajaban muchas horas al día; las vacaciones escolares eran su única oportunidad de poder aliviarles en esa vida tan dura. Otra, estudiante de Sicología, reconocía necesitar una reflexión sobre ella misma para poder comprender cabalmente su futura profesión. Otro contaba que el mejor regalo que nunca había recibido fue una bicicleta para ir a la escuela, que estaba muy lejos de su casa. 


Luego he comida pizza con tres de mis classmates en el Student Union Building.

En VCV, una gran parte de la población es asiática, incluso asentada aquí desde hace varias generaciones.  Filipinos, coreanos, chinos… Es más, los primeros pobladores, las Firsts Nations como les dicen -esquimales, inhuits--, eran de procedencia asática.

Vamos, que aquí yo soy la china.

En tiempo de nadie


Cuando comienza la tarde de aquí me encuentro rara. 

No cambia la distancia espacial -sigue siendo mucha-, pero la temporal pega un brinco y pasa de valer nueve a casi infinito. Los malvados husos horarios -aparentemente iguales- me confinan en un tiempo de nadie, donde no existís, donde no existo, donde la comunicación directa no es posible.


¡Ay si Einstein levantara la cabeza y percibiera esta rebelión de la cuarta coordenada! Quizás tendría que introducir otras muchas para definir no sólo la geometría espacio-temporal, sino cómo la percibimos.

En este tiempo de nadie, que sólo se desvanece por la mañana, quizás, poco a poco, se vaya diluyendo el cordón umbilical que me une con el otro lado de los nueve husos horarios.

Cucharitas medidoras


Recuerdo un verano en Asturias, el del 82, en que alquilamos una casona de aldea, rodeada de prados desde los que se veía el mar. Llevaba cerrada años,  pero sus propietarios no se habían molestado en vaciar estanterías ni cajones. Estaban llenos de tesoros: cartas, fotos, diarios, revistas y periódicos antiguos…

Sin ningún pudor me lancé a escudriñar esos papeles, y recompuse la historia de la familia: la rama que se dio a la aventura americana, y la que se quedó pegada a una vida campesina monótona, en que las únicas novedades eran acudir semanalmente al mercado de Villavicioas a vender y comprar productos que se anotaban cuidadosamente en un dietario.

Aquí, en el más aséptico apartamento de la UBC, alguno/a de sus anteriores ocupantes ha dejado  huella, como nosotros dejaremos el sucedáneo de fregona: hay muchísimos utensilios  de cocina, muchos más de lo que es estándar en un apartamento de alquiler. También, entre otros libros, varios de recetas.

Me ha llamado especialmente la atención el juego de estas cucharitas medidoras, que me dicen de la meticulosidad de quien las compró y utilizó. Las medidas, para mí arbitrarias pero probablemente llenas de significado: un tercio de taza, una cuchara de mesa, media cucharita de té… Me hubiera encantado tener algo así para mis clases de Matemáticas.

Miro por la ventana, y el día espléndido no invita a quedarse en casa haciendo bizcochos. Pero me imagino dentro de unas semanas, cuando la luz se vaya a las cuatro de la tarde y llueva sin parar. Para entonces espero que Alfredo le de un uso adecuado a tanto instrumental, y comamos de puta madre gracias a quien ocupó antes este mismo espacio.

Melancolía

El Skype nos ha quitado muchas añoranzas: las cotidianas. 

Los largos anocheceres, con una luz dorada y triste, nos provocan otras más difusas y ajenas, poéticas diría yo.

Pero hay añoranzas que no se quitan jamás.


Amabilidad




No hay nada más peligroso que sacar un mapa cuando vas por la calle. Inmediatamente un/a amable canadiense te aborda preguntando si puede ayudarte en algo. Es muy de agradecer pero en estos primeros días, con mi precario inglés y su particular acento, el resultado no es muy brillante y te despista más que te ayuda.


Lo peor fue ayer. Se dirigió a mí una empleada de la seguridad del campus, argentina por más señas. Tomó (por favor, iba a decir cogió!!!!) mi mapa y no conseguía aclararse. Concluyó rotunda que mi mapa estaba mal. Y ahí no hubo problema lingüístico; simplemente estaba leyendo el mapa al revés.

Hoy la he visto patrullando por otra zona y nos hemos saludado. Menos mal que yo no llevaba el mapa en la mano!!!

La fregona





En este mundo tan globalizado, hasta se agradece encontrar diferencias culturales. Por ejemplo, la fregona. Modesto pero gran invento español, que permitió a las mujeres abandonar la genuflexión para fregar desde una postura más cómoda.

Aunque yo recuerdo un paso intermedio, consistente en una esponja que se escurría con la presión de dos cilindros. Ni me acuerdo de su nombre, pero sí que entró en casa de la mano de mi madre,  que para esas cosas siempre fue muy práctica.

Ayer, en VCV, no encontramos rastro de fregona, pero sí del artilugio anteriormente descrito. Nos apresuramos a comprarlo. Me pregunto cómo fregarán aquí. En el apartamento no hay pistas de aparato para ello. Pero juro que me enteraré¡¡¡

Las manzanas

Del viaje anterior, recordaba que los canadienses son muy celosos de sus variedades vegetales, e impiden la entrada de frutas y verduras de otros países  para evitar su hibridación. Incluso una simple manzana que lleves en el bolso para entretener el viaje.
Eso pasó esta vez, y en el trayecto Munich-VCV me comí la susodicha manzana para no incumplir las leyes por tan poca cosa.
Una vez en VCV, esperando las maletas, se me acerca un mocetón policía acompañado de un perro poco vistoso, que olisqueaba mi bolso con insistencia. El policía me indicó que lo abriera, comprobando que no había en él nada de comida.
-¿Ha llevado en este bolso una manzana hace poco? - me preguntó.
-Si-, le dije
Acarició al perro.
-Good boy
Me dio las gracias y se marchó.