sábado, 19 de julio de 2014

Cucharitas medidoras


Recuerdo un verano en Asturias, el del 82, en que alquilamos una casona de aldea, rodeada de prados desde los que se veía el mar. Llevaba cerrada años,  pero sus propietarios no se habían molestado en vaciar estanterías ni cajones. Estaban llenos de tesoros: cartas, fotos, diarios, revistas y periódicos antiguos…

Sin ningún pudor me lancé a escudriñar esos papeles, y recompuse la historia de la familia: la rama que se dio a la aventura americana, y la que se quedó pegada a una vida campesina monótona, en que las únicas novedades eran acudir semanalmente al mercado de Villavicioas a vender y comprar productos que se anotaban cuidadosamente en un dietario.

Aquí, en el más aséptico apartamento de la UBC, alguno/a de sus anteriores ocupantes ha dejado  huella, como nosotros dejaremos el sucedáneo de fregona: hay muchísimos utensilios  de cocina, muchos más de lo que es estándar en un apartamento de alquiler. También, entre otros libros, varios de recetas.

Me ha llamado especialmente la atención el juego de estas cucharitas medidoras, que me dicen de la meticulosidad de quien las compró y utilizó. Las medidas, para mí arbitrarias pero probablemente llenas de significado: un tercio de taza, una cuchara de mesa, media cucharita de té… Me hubiera encantado tener algo así para mis clases de Matemáticas.

Miro por la ventana, y el día espléndido no invita a quedarse en casa haciendo bizcochos. Pero me imagino dentro de unas semanas, cuando la luz se vaya a las cuatro de la tarde y llueva sin parar. Para entonces espero que Alfredo le de un uso adecuado a tanto instrumental, y comamos de puta madre gracias a quien ocupó antes este mismo espacio.

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